La Ilíada: el escudo de Aquiles y la Justicia[1]
Héctor ha matado a Patroclo. Aquiles, ávido de venganza, promete que no le tributará exequias hasta traer las armas y cabeza de Héctor. La madre de Aquiles, la diosa Tetis, visita al dios Hefesto para pedir para su hijo un broquel y un yelmo, unas bellas grebas y una coraza, porque todas sus armas las había tomado Héctor al matar a Patroclo. Lo primero que fabricó Hefesto fue un alto y compacto escudo, que contiene distintas representaciones. Entre ellas el dios dibujó dos ciudades: en una de ellas, los hombres estaban reunidos en el mercado:
Allí una contienda se había entablado, y dos hombres pleiteaban por la pena debida a causa de un asesinato: uno insistía en que había pagado todo en su testimonio público, y el otro negaba haber recibido nada, y ambos reclamaban el recurso a un árbitro para el veredicto.
Las gentes aclamaban a ambos, en defensa de uno o de otro, y los heraldos intentaban contener al gentío. Los ancianos estaban sentados sobre pulidas piedras en un círculo sagrado y tenían en las manos los cetros de los claros heraldos, con los que se iban levantando para su dictamen por turno.
En medio de ellos había dos talentos en el suelo, para regalárselos al que pronunciara la sentencia más recta[2].
En Grecia no existía un órgano público que ejercitara la acción en defensa de la ciudad[3]: su ejercicio se dejaba en manos del ofendido o un sustituto (padre, amo), en los delitos privados, o de cualquier ciudadano, en los delitos públicos[4].
Plutarco, al reseñar la vida de Solón, en lo que constituye una clara justificación política de este sistema, recuerda:
Advirtiendo que todavía convenía dar más auxilio á la flaqueza de la plebe, concedió indistintamente á todos el poder presentar querella por el que hubiese sido agraviado: porque herido que fuese cualquiera, ó perjudicado, ó ultrajado, tenía derecho el que podía ó quería de citar o perseguir en juicio al ofensor; acostumbrando así el legislador á los ciudadanos á sentirse y dolerse unos por otros como miembros de un mismo cuerpo; y se cita también una sentencia suya que consuena con la ley; porque preguntado, á lo que parece: “¿Cuál es la ciudad mejor regida? -Aquella, respondió, en que persiguen á los insolentes, no ménos que los ofendidos, los que no han recibido ofensa”[5].
De modo que la acusación pública era de ejercicio popular, en cabeza de todos los ciudadanos, como forma de participación directa en una tarea de interés público.
Sin embargo, en ciertas infracciones capitales la investigación y denuncia ante el senado o la asamblea del pueblo era llevada adelante por ciertos magistrados llamados tesmótetas, aunque luego el senado o la asamblea designaban a un ciudadano para llevar adelante la acusación[6]. En cierto modo, aquellos cumplían regularmente tareas que hoy confiamos al ministerio público, y el ciudadano encargado de acusar era designado por un órgano público.
En el caso del escudo es el propio ofendido quien litiga y reclama la compensación. Debe recordarse que en la antigua Grecia las leyes no establecían un castigo específico para cada delito. El acusador proponía el que estimase conveniente o adecuado para el caso.
Asimismo, los contendientes pleitean en un lugar público, a la vista de todos, y frente a un tribunal de ancianos, que podría ser el Areópago, encargado de juzgar homicidios. La idea básica de juicio está en esa imagen del escudo de Aquiles: un acusador y un acusado, el ejercicio de la contradicción, la publicidad de las actuaciones y la decisión de un tribunal imparcial.
Bibliografía citada
Aristóteles (1984), Constitución de los Atenienses, con introducciones, traducciones y notas de Manuela García Valdés, Biblioteca Clásica Gredos, Nº 70, Editorial Gredos S.A., Madrid.
Chadwick Weinstein, Tomás (1975), “Instituciones jurídico-políticas en la Atenas del siglo V a.c.”, Revista de Derecho Público, Nº 18, Universidad de Chile, pp. 37–56, descargado de https://revistaderechopublico.uchile.cl/index.php/RDPU/article/view/35225/36920 el 16-05-2024.
Maier, Julio B. J. (2004), Derecho Procesal Penal, Derecho Procesal Penal, t. I, 2ª ed., 3ª reimp., Editores del Puerto s.r.l., Buenos Aires.
Plutarco (1879), Las vidas paralelas, t. I, traducido por D. Antonio Ranz Romanillos, Imprenta Central á cargo de Víctor Sainz, Madrid.
[1] La Ilíada es tenido por el poema épico más antiguo de la literatura europea poco antes del 700 a.C., seguramente (aunque esto es objeto de vivos debates) por un poeta llamado Homero, probablemente también autor de la Odisea. Su tema es un tramo de la guerra de Troya (Ilión, de ahí Ilíada) y la furia de Aquiles, primero por una afrenta de Agamenón, jefe de los aqueos, y luego por la muerte de su amigo Patroclo a manos de Héctor, la venganza y la muerte de Héctor. En este análisis utilizo la edición con traducción, introducción y notas de Emilio Crespo Güemes, colección “Biblioteca Clásica Gredos”, Gredos, Barcelona, 2019.
[2] Canto XVIII, 495-505.
[3] En la mitología griega se recuerda la figura de las tres “Moiras”, Cloto, Láquesis y Atropo, diosas que, según refiere Hesíodo en su Teogonía, “persiguen los delitos de los hombres y dioses”, y nunca cejan “en su terrible cólera antes de aplicar un amargo castigo a quien comete delitos” (Hesíodo, Obras y fragmentos: Teogonía – Trabajos y días – Escudo – Fragmentos – Certamen, 1ª ed., Biblioteca Clásica Gredos, trad. y notas de Aurelio Pérez Jiménez y Alfonso Martínez Díez, Ed. Gredos, Madrid, 1978, p. 63). Esas diosas, equivalentes a las “Parcas” de la mitología romana, eran las personificaciones del destino.
También se mencionan las “Erinias” “Erinas” o “Erinis”, también llamadas “Euménides”, que perseguían a los culpables de ciertos crímenes. La referencia más famosa es su actuación en el juicio a Orestes, que mató a su madre Clitemnestra luego que ésta matara a Agamenón (rey de Argos, cónyuge de Clitemnestra y padre de Orestes, que regresaba a su patria luego de haber arrasado Troya). El juicio se llevó a cabo ante un tribunal de jueces designado por la diosa Atenea y en ella el rol de acusadoras correspondió a las Erinas. En el libro de las “Euménides”, que integra la trilogía sobre Orestes de Esquilo (también conocida como “Orestíada”, “Orestea” u “Orestía”, del griego “Ορέστεια”), al comienzo del juicio, Atenea le dice a las Erinas: “Vuestra la palabra es. Abierto está el proceso. Hable el fiscal primero. Pida declaración de los hechos”. Luego de lo cual ellas toman la palabra, iniciando un interrogatorio a Orestes (v. Esquilo, “Trilogía de Orestes”, III, “Euménides”, en Las siete tragedias, trad. de Ángel Ma. Garibay K., 27ª ed., Ed. Porrúa, México, 1962). El tribunal que constituyó Atenea es el famoso Areópago.
[4] Chadwick Weinstein, T. (1975: 51); Maier, Julio B. J. (2004: 269-270).
[5] Plutarco (1879: 179).
[6] Maier, Julio B. J. (2004: 270). Sobre las funciones de los tesmótetas y, en particular, los casos en que tenían la atribución de denunciar v.: Aristóteles (1984: 194-195).