Hoy estamos reunidos para celebrar la trayectoria de un académico, nuestro querido Ángel Landoni Sosa.
Ortega nos enseñó no hay alguien sin su circunstancia, pero además hay personas que solo concebimos junto a otra, y ese es el caso de Ángel: en las palabras de apertura del libro dijimos con Santiago que no hay Ángel sin Inés, ni Inés sin Ángel, y por eso homenajear a Ángel es homenajear a Inés.
Se puede hablar de un académico como Ángel desde diversas perspectivas, igualmente académicas (su posición en la Academia, su aporte al conocimiento, el reconocimiento de sus pares) o más personales (su generosidad, su humildad, su condición de capitán en aguas embravecidas, o de ingeniero para construir puentes entre potencias a veces enfrentadas). Se puede hablar de un académico como Ángel desde una mirada completa, cual inventario (de obras, de exposiciones, de reconocimientos, o en general, de actos que muestren aquellas condiciones personales), o desde una muestra representativa (una obra, una exposición magistral, un reconocimiento, un acto como representación de su generosidad). Pero todos esos abordajes ya los realicé, en la presentación de la obra y en las primeras palabras de mi humilde aporte.
Entonces, en esta presentación, quiero hablar de Ángel y la biblioteca. Porque tampoco hay Ángel sin esa biblioteca, la que fuera de su suegro, el Maestro de todos nosotros.
En un texto incluido en su Segundo diario mínimo, que se llama “Cómo justificar una biblioteca privada”, Umberto Eco nos habla de la particular situación de aquellos que tenemos muchos libros reunidos en una biblioteca, de modo que a veces parece que en nuestras casas no hay nada más. Muchas veces ocurre, dice Eco, que el visitante entra y dice: «¡Cuántos libros! ¿Los ha leído todos?».
Y continúa Eco:
Yo, antaño, había adoptado la respuesta despectiva: «No he leído ninguno, si no ¿por qué los tendría aquí?». Pero es una respuesta peligrosa porque desencadena la reacción obvia: «¿Y dónde pone los que ha leído?». Mejor es la respuesta estándar de Roberto Leydi: «Muchos más, señor, muchos más», que deja helado al adversario y le hace caer en un estado de estupefacta veneración. Pero la encuentro desalmada y ansiógena. Ahora me he replegado hacia la afirmación: «No, éstos son los que tengo que leer para el mes que viene, los demás los tengo en la universidad», respuesta que, por una parte, sugiere una sublime estrategia ergonómica y, por la otra, induce al visitante a anticipar el momento de la despedida.
Cuando yo entré a esa Biblioteca (la de Eduardo y Ángel, no la de Umberto), una vez superada la estupefacción y el recogimiento, lo primero que pregunté (a Ángel, no a Eduardo) fue si podíamos usarlos. Francamente, esperaba una reacción fría, o la ausencia de toda respuesta. Pero la respuesta fue con una sonrisa franca, la que todos reconocemos en Ángel: toda esta biblioteca es para ustedes. Claro, decir eso a un pequeño ratón de biblioteca como yo es un tanto peligroso, y por eso algunas veces nos tuvo que recordar, amablemente y con la misma sonrisa, que se estaba haciendo tarde. Pero lo cierto es que desde ese momento esa biblioteca (la que pasó a ser nuestra, la que era de Eduardo y Ángel) fue la nutriente matriz de nuestros conocimientos. Allí no solo buscamos (y buceamos) y sacamos (y saqueamos, pero temporariamente) varios libros; allí también conversamos, debatimos y revisamos, mientras escribíamos los comentarios al Código. Esto último era la excusa, porque mejor que anotar un Código era encontrar, ante cualquier distracción, una página olvidada, un texto a releer, unas palabras inspiradoras.
Irene Vallejo nos dice algo que es tan bello como trágico: las bibliotecas son una especie de mapa creado por la cabeza de su dueño, y forma una unidad que es valiosa para él. Cuando la persona muere las bibliotecas tienden a desarmarse, a desintegrarse como unidad. Cuando eso ocurre, no solo se pierden libros, se pierde un sistema único, que es el que conforma el conjunto. Ángel e Inés tuvieron la virtud de mantener unida nuestra biblioteca, de conservar el sistema simbólico y significante que ella es. Ojalá ese legado perdure.
Una persona también es un sistema, un conjunto de emociones, virtudes, sentimientos, ideales, ideas. Cuando se hace un homenaje, también se conmemora ese conjunto de significaciones. Este homenaje que entregamos a Ángel e Inés es una extraordinaria obra, gracias a los más de cuarenta académicos y amigos que aportaron sus ideas. Pero es, también, un extraordinario testimonio de afecto, que perdurará en el tiempo como evocación de esa extraordinaria persona que es nuestro querido Ángel Landoni Sosa.
Gabriel Valentin, en la Biblioteca (si, la nuestra), el 28 de agosto de 2025.